Carnavales en Arequipa – Siglos XIX y principios del XX

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Carnaval de Arequipa siglo xix y xx

El Carnaval es una fiesta pagana que se deriva de las bacanales que se celebraban en honor del Baco. En muchos pueblos de la tierra se acostumbra festejarlo, pero con distintas modalidades. Célebre ha sido el carnaval de Venecia. Más el de Arequipa, no tiene parangón! ¡Ahí está el típico Carnaval de nuestros abuelos! Por boca de éllos hablaremos ahora. Es evidente que éste se desevolvió con la ideologia revolucionaria y romántica, de los que vivieron entonces. La ciudad servía de escenario, de telón de fondo se erguía el magestuoso Misti, centinela legendario del arequipeñismo. De bambalinas las embellotadas nubes que en veces adornan el hermoso plafon de nuestro limpido y azulado cielo, los muros de las esquinas oportunos fastidores; y de rompimientos los balcones y azoteas.

Cada uno de estos parapetos ?ué propicio para los jugadores, en los que se atrincheraban, como en días de revolución lo hacían en las torres de las Iglesias! Protagonistas de este combativo Carnaval, fueron gentes de alta alcurnia y adinerada condición. El pueblo servia de espectador y se dedicaba a distintos menesteres, como a jugar en forma respectuosa y humilde.

Los elementos bélicos principales para el juego que se tornaba infantilmente agresivo algunas veces de agua coloreada con airampo, y perfumada con hojas de arrayán. Estos eran disparados, alcanzando fantásticas punterías. Los polvos de arroz y almidón, teñidos y perfumados, fueron los «tapa ojos», decía el refrán: «Esos polvos traen estos lodos», por eso algunas veces tuvieron malas consecuencias aquellos carnestolendas. Los polvos llamados de oro, venidos de Alemania, eran mistura finisima y verdadera dinamita, la que se entraba en lo más recóndito de los negros y ondulados cabellos femeninos. El agua colorada fué el peor enemigo de los combatientes. Por las calles recorrían Jinetes cabalgando biosos corceles, que semejaban avanzadas de caballería!. Cuando de los altos de las casas les aventaban baldazos de agua.

Los caballos se encabritaban y patinaban espectacularmente sobre el empedrado convertido en lago de agua colorada! Por esto se produjeron lamentables accidentes, como cuando aquel intérprete joven que murió estrellado al final de Mercaderes. Fué cosa corriente desbarrancarse de tablones y azoteas.

Los Arequipeños en días de Carnaval, «tiraban la casa por la ventana», en un desborde de entusiasmo y despilfarro de dinero! Se jugaba revolucionariamente confirmando así su espíritu atorbellinado. Como por sus venas corrian el afán de pelear desempedrando las calles para defenderse del enemigo y acompañando su actividad con un «viva Cáreres» o un «muera Piérola»: así parodeando extraían de las prandes canastas los cascarones, disparándolos como balas de fusil!.

Para recibir el Carnaval se adelantaban muchas veces desde el día de Año Nuevo; organizándo comparsas de enmascarados que
visitaban varios dias a la semana los regios salones de aristocráticas familias. Hoy era en casa de los Corzos, los Rivero; mañana las Barreda, Olazaval, Rospigliosi y los Cossio; después remataban en las mansiones de los Romaña, Mardon, Arispe y Zumarán. ¡Los salones eran colorires de oro engalanados por arequipeñas de aquilatada progenie que fueron dichado de belleza, honradez y delicadeza!, en estos días se producían grandes «remates». Tenian la particularidad de que en ellos se hacia derroche de prestancia en todo sentido.

La exhibición de disfraces era un orgullo: alegres pierrot y colombinas; tipos exóticos y faramalleros. Hubieron mascaritas oportunisimos, capaces de destornillar de risa al más serión, como los conocidos caballeros, Otero, (El Cojo), Garzón Pépe Suero y cuántos más. Encadenándose una época con otra a fines del Siglo XIX y principios del XX, hubieron comparsas tambien régias. Las de los Belaúnde, Pardo Olivares y los Llosa, Los Méndez y Hermanos Cavallero. Las que eran acompañadas por pianistas o artísticas orquestas!, Hubieron algunos, que por su escasa solvencia económica, contrataban al viejecito Benavente, que al «teclado lo hacía hablar hasta la madrugada», por la friolera de cinco soles! Era de protocoloo que todas las máscaras, uno por la derecha, se descubrieran delante del dueño de casa, a fin de evitar «sabotajes sociales», de parte de algunos «vivos». A la hora de romper el baile que era de rigor hacerlo con las cuadrillas Españolas o de Lanceros, en las que intervenían las personas más caracterizadas, los caballeros invitaban a las damas a danzar, tomándolas de la mano, con el consabido pañuelito.

Después ofreciéndoles el brazo, las retornaban a su asiento, donde observaban una posición sin disfuerzos. Si alguna lo hacía, sin darse cuenta, la mamá le guiñaba el ojo!. Para bailar con una señora era menester decirle al Esposo: «permitidme, caballero, danzar con vuestra esposa». Se obsequiaban a las damas, ríquisimos y costosos perfumes. Comenzaban por las mamás. Por aquél refrán seguramente de: «Por la peana se besa el santo’. ¡Ah! esos Arequipeños eran muy gentiles y perspicaces! Se servían suntuosos y suculentos ambigús. La chicha dulce dominaba a las demás bebidas por su exquisitez.

El remate de remates siempre era bailar en el patio de la casa en la madrugada, nuestra alegre y movida marinera; y, si en éllos los enamorados se daban palabras de honor para casarse, después con el permiso de los padres el matrimonio fue siempre el epílogo, ¡Romances de amor fueron aquellos tiempos de sinceridad y nobleza! También se produjeron serios contratiempos por trivalidades amorosas y con la disculpa del antifáz. Arrancarlo en pleno salón al presunto rival, era para acudir ipso facto al Marqués de Cabriñana; y, luego al rayar la aurora, sin testigos muchas veces, con filudas toledanas o un par de pistolas, atravesábanse el corazón! Venganzas también las hubieron. En el abigarrado conjunto de mascaritas, un gentil hombre, era sorprendido por hiriente puñalada, el autor se escabullia, resultando haber sido una dama despreciada!

Ya en los umbrales de Momo todos se aprestaban para entrar en acción llegaba el Domingo de Carnaval, el que transcurría aparentemente tranquilo. Por las tardes se invitaban banquetazos con frutas de las mejores. Se diría a modo de tregua, para entrar de lleno a los combates que habrían de librarse. Los pertrechos en los polvorines estaban listos: Cascarones, agua de «Florida de Murrey y de Kenn, chiguetes en tubos de zinc. Polvos de magnolia y heliotropo; y la policromada mixtura de papel. -Ah! y en tiempos más pretéritos, hallá por 1850, se lanzaban desde los altos de las casas, cartuchos de monedas de plata.

Las «cholas pampeñas», ataviadas con lindos vestidos, de choleta, satén, y adornados con sedas y tiras bordadas, estilo «miriñaque», capitaneadas por la Manuela Berrocal, entusiasta y platuda comerciante de aquel lugar elegía a las más agraciadas pampeñitas», las que formadas en «ruedas», el Lunes y Martes, bajaban por la calle de San Pedro bailando ? cantando. Al llegar a las puertas del Monasterio de Sta. Rosa, entonaban:- «Monjas engreidas Saquen la mistura pa» las pampeñitas, que són sus señoras», Continuaban los ruedos, hasta llegar a la casa del político y derrochador, Don Domingo Gamio, quien desparramaba, a diestra y siniestra, en el patio de su casa, cantidades apreciables de monedas de plata, haciendo despilfarro y alarde de generosidad. El placer de este gran varón, consistía en la infantil costumbre de hacer bailar y cantar a las lindas «pampeñitas» sobre el suelo alfombrado de monedas! las que eran recojidas a costa de violentos y audaces puñetazos. También las casas de los Masías y Calle eran visitadas en parecida forma!. Estas «ruedas» como las de Guañamarca, fueron siempre admirados con aquellos alegres Carnavales.

El lunes y Martes, en las calles de Mercaderes, Puente Bolognesi y Guañamarca, se reunían las familias en los altos de las casas para comenzar la lucha. Los revoltosos precedidos por bandas de músicos, atacaban las murallas que estaban defendidas por preciosas damas, don juanescos caballeros e intrépicios y apuestos Jóvenes. Las puertas permanecían cerradas, hasta que los atacantes triunfasen. Entonces los murallados se replegaban y se rendían. Presto los conquistadores transponían los muros con heroismo carnavalezco y las bandas entonaban el «Ataque de Uchumayo»- caballito de batalla los arequipeños— Entonces la lucha se tornaba más hostil, pues ya era cuerpo a cuerpo. Y si el caudillo tenía su prometida, alli se quedaban, liquidados los pertrechos «hasta quemar el último cartucho». Pero luego los perdidos, reaciéndose; y, a la voz de «al agua», sin tutías ni conmiseraciones, los metían a la tina «vivitos y coleando». En todas estas etapas de la refriega se tocaba el Carnaval Arequipeño», acompañado por las picarescas coplas del folklore mistiano, (lo único que perdura de aquella época):

«Bailemos, cantemos,
Sobre esta granada,
Hasta que reviente
Agua colorada».
«Chancáme, chancame,
Cháncame los huevos,
Si no me los cháncas
Quedáte con élos.”

Del Carnaval de ahora cuarenta años, casi no quedan «carnavaleros»; pero una excepción encontramos en Guillermo Oliver – descendiente de los Lozano y fiel conservador de la tradición- quién hasta hace un año, sin interrupción alguna, el solo con la consabida «banda y música» y los cargadores, conduciendo los canastones, disparaba los «cuatro mil cascarones», con tan certera punteria que muchos alcazaron los luceros, pues las arequipeñas los tuvieron y enloquecedores!.

Dentro de esta barrunda «carnavalezca se produjeron fatales accidentes como aquel, en que un joven apasionado, a su prometida la bañó de pies a cabeza con agua Florida, produciendo toda una tragedia. La confusión fue tal se hizo dominar por el fuego, el que abrazó en breves minutos el precioso cuerpo de una distinguida dama arequipeña. ¡Volando al reino donde los buenos viven eternamente dichosos!

En Arequipa abundaron ociosos y tipos extravagantes, a los que ha eliminado el tiempo. «Juan de la Peña» fue uno de ellos. Pequeño de estatura, enclenque y gibado. Caminaba apoyándose en un grueso bastón, implorando la caridad pública, y cargado de trapos, latas y cuanta inmundicia podia llevar en sus espaladas. De cara Carnavalezca. Colorado y narigón. Hablaba tartamudeando, hacia reir a los chiquillos: y reía sarcásticamente, que parecia hacerlo de los demas. Especialmente tenía por costumbre deambular por las calles de la ciudad, en plena refriega carnavalezca: y cruelmente, el pueblo lo bañaba como a caballo. Jamás le dió ni la «tos», hasta que un Lunes de Carnaval, después de haber arrastrado su vida sesenta años, el rayo de la Muerte, partió en dos la peña de su existencia, encontrándosele debajo de una carreta lasurera que le sirvió de lecho.

Por daño de 1910, aun existió la «Cabezona del Puente». llamada también «Misia Manuela», que apellidaba Bellido, Olé por las Manuelas de todos los tiempos! Fué una mujer alegre, obsequiosa’ y sencilla. Dueña de aquel caserón que se conserva en el Puente Bolognesi. Los Martes de Carnaval acostumbraba dar un Remate «fachendoso» al que asistia enorme cantidad de pretenciosas «guachafitas» al parecer bien embanderadas. Se bailaba democráticamente y aún mas se comía y se divertía como tiempos de Nerón. Abundaban las cabezas de chancho y los pavos rellenos (ostentando la clásica florecita). No hubo máscara que no se aprestara a la voz de: «vamos al remate de la Cabezona»!
¿Quién no estuvo alli a fandanguear sin atajo ni cumplimientos sociales?. El grupo de «Los Ratambu?os». Intelectuales incorrregibles nocheriegos, en una bella alborada, diz, que pintaron en la puerta de la finada Bellido el siguiente epitéto:

“Aquí vivió y farrandeó
La Cabezona del Puente,
Que a cientos de mascaritas
Con largueza y sus reales.
(y con lindas «guachafitas»)
los Martes de Carnavales.
En recuerdo de esa historia
(los que aún la recordamos)
UNA CABEZA DE CHANCO
CON FERVOR LE DEDICAMOS.

Llegando el miércoles de Ceniza, la gente que parecía arrepentida, visitaba muy contrita las Iglesias, para que el Venerable Sacerdote, les pintare con «ceniza» el signo de la Cruz, en recuerdo de que: polvo somos y en polvo nos convertiremos!.

Costumbre de enterrar el Nó Carnavalón, en La Pampa de Miraflores, también es lejana. Esta ceremonia consistió en sepultar un enorme muñeco. Empero desde 1900 ha ido sufriendo cambios radicales, y el acto de la inhumación, se hizo diferente, siendo los deudos un medio centenar de indígenas, los que «tincaban» con guachucho. Bailando al rededor del difunto, al compás de los charangos y entonando «huífalas» satíricas, como hasta aho?? atardeciendo estas reducidas pandillas bajaban por la Calle de San Pedro, ingresando a las próximas calles de la ciudad en estado de beodez y chancando las ojotas sobre el empedrado, al mismo tiempo que empinaban el codo con la botella de alcohol, la bebida predilecta y embrutecedora de la raza «indígena. Al entrar la noche retornaban completamente «ñutos»‘ a sus guariques, esta costumbre se ha acentuado notablemente con la inmigración de 30 mil indios analfabetos.

Hace años que se ha querido estilizar el Carnaval, pero el cambio ha sido tan antojadizo que no ha quedado del de antaño ni el recuerdo més remoto. Desgraciadamente para unos y quizá para otros no — ha desaparecido aquella época de varonia y de boato, pues el devenir de los años se ha tragado a sus personajes representativos, como en esos tiempos de alocados imponderables Carnavales Arequipéños!.

Arequipa. Carnaval de 1952.

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*Escrito por Carlos Muñiz Alcalá, 23 de febrero de 1952, diario El Deber.
*Fotografías de los corzos de carnaval de los años 20, con carros alegóricos y flores por doquier.

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