El convento de Santa Catalina, en Arequipa, se asemeja a un Toledo en miniatura

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Uno de los más famosos conventos femeninos del mundo está en Arequipa, ciudad situada a medio camino entre los desiertos costeros peruanos y las punas de las sierras andinas, al pie de impresionantes volcanes. Santa Catalina de Arequipa es, en realidad, una ciudad en miniatura protegida por un enorme muro que separa el mundo exterior, lleno de ruido y bullicio, de ese mundo interior, oculto, misterioso, impenetrable, de las monjas de clausura.

El convento, de la orden dominica, está formado por un templo y varios claustros donde se desarrolla la vida comunitaria, y un conjunto de calles estrechas y tortuosas con arcos, escaleras, recodos y plazoletas, en las que se levantan pequeños edificios de formas cúbicas para las habitaciones individuales de las monjas, conjugando vida eremítica y colectiva. Cocinas, huertas y un original lavadero al aire libre completan los espacios comunes.

Lo que más seduce de este mágico lugar, por encima de la arquitectura y el urbanismo, son sus colores, entre los que destaca un trío cuya combinación inunda la atmósfera de alegría, sensualidad y viveza: los naranjas-rojos-terracotas, junto con los azules-añiles-cobaltos y ambos, entretejidos con blancos de varias tonalidades que van desde el brillante que bañado por la fuerte luz solar se convierte en cegador, al grisáceo que en la sombra es sinónimo de frescor.

El Claustro de las Novicias, de piedra blanca, da entrada a una pequeña calle que hace una violenta curva en azul, uno de los lugares más hipnóticos de Santa Catalina por la combinación de luz, colores y geometrías. Puro arte. Pasada la curva se encuentra el Claustro de los Naranjos, pintado de blanco y azul, un azul que cambia de color con la luz, profundo añil o índigo en las zonas de umbría, celeste claro o violeta en las partes iluminadas. En las paredes relucen las pinturas mestizas y populares del Mural del Amor divino.

El Claustro de los Naranjos da entrada a la zona de viviendas de las monjas, con calles recoletas y desordenadas que llevan ahora nombres tan hermosos como Toledo, anaranjada y estrecha, Córdoba, llena de geranios brillando sobre la cal de las blanquísimas paredes, Sevilla, Málaga, Burgos y Granada. Las casitas de las monjas tienen varias habitaciones, una primera como sala de estar, los dormitorios, y patios o terrazas en las traseras. Estancias con estrados y mobiliario de época nos sitúan en épocas pasadas en las que convivían las monjas de diferentes categorías con su servidumbre e, incluso, huérfanas y viudas. Más de quinientas mujeres llegaron a vivir aquí. Cuadros piadosos, alfombras, ventanas a contraluz, algún bargueño, patios traseros, pequeños objetos, plantas estratégicamente colocadas, crean un ambiente en el que sólo nos falta el rumor de la charla, las oraciones y las risas de una comunidad de mujeres que entre estos muros aspiraban a la felicidad. Una preciosa descripción de la vida entre los muros de Santa Catalina aparece en la novela El enigma del convento, del escritor peruano Jorge Eduardo Benavides.

En el centro del convento se sitúa Zocodover, una pequeña plazuela enmarcada por muros de piedra pintados de un rojo terracota brillante. Una de las paredes está llena de flores y en medio de la plaza hay una gran fuente redonda que inunda el ambiente de frescor. En otra pared destacan, junto a una farola solitaria, una puerta y una ventana de madera exquisitamente labradas, ambas con profusión de flores. Están cerradas pero invitan a entrar, a ver, a soñar. Al fondo, resplandece la iglesia, de blanco sillar, con una cúpula redondeada elevándose al cielo en un estilo casi bizantino que recuerda las mezquitas de Estambul. En el lado opuesto, los volcanes, cubiertos de nieve. En lo alto, un cielo azul limpísimo.

Como toledana del alma, me complace que este diminuto espacio, el corazón espiritual de Arequipa, lleve el nombre de una plaza tan emblemática y lejana. Nos cuentan que este era el lugar donde las monjas celebraban, un día a la semana, un pequeño mercado de intercambio de pequeñeces entre ellas. Tal vez alguien imaginativo, preparando el convento para el turismo, se acordó del Zocodover del mercado toledano y así la llamó. Creo que a las monjitas que aquí compraban y vendían les hubiera gustado. Me las imagino murmurando, regateando, riendo. Quizás deberíamos hermanar estas dos plazas, y que intercambiaran entre ellas la gracia, sensualidad y color del Perú, con el encanto provinciano, lleno de siglos de historia, del Zocodover toledano.

Ya solo quedan alrededor de un docena de monjas mayores viviendo en un ala reservada a la clausura. Y como en los conventos de Toledo, que van cerrando poco a poco por falta de monjas, se percibe que asistimos a un mundo que muere irremediablemente. ¡Cuantos monasterios y conventos cerrados se desmoronan en silencio dejando que el tiempo y la rapiña se lleven por delante los tesoros materiales y espirituales de comunidades que durante siglos constituyeron el espacio más venerado de sus sociedades!

Al menos este precioso monasterio de Santa Catalina está abierto desde hace décadas a los viajeros y es uno de los lugares más visitados de Perú, junto al Machu Picchu. Además, es un magnífico ejemplo de cómo conjugar la vida conventual, la visita turística y la preservación patrimonial y podía ser un modelo para los conventos de Toledo.

Voluntad, diálogo, respeto, inteligencia, visión de futuro, generosidad, ambición, serían algunas de las piezas que habría que lanzar al tablero para salvarlos. Quizás el silencio, tras sus muros nuevamente abiertos, podría liberar a Toledo de la presión de un turismo masificado y nos permitiría disfrutar de una visita más reflexiva y, como dice el arequipeño Mario Vargas Llosa de Santa Catalina, de un «tiempo vivo y actuante, pasado que se anima y se hace presente con toda su ambigua verdad: su fe, su belleza, su candor, su miseria y sus dramas. Todo quedó aquí, prisionero del sillar, gracias a la obstinación de unas mujeres que un día se apartaron de la ciudad para servir a Dios… Una aventura espiritual y sensual: un viaje en el tiempo, un espectáculo en piedra que aplaca el hambre de belleza más voraz, una incitación poderosa y casi terrible para la fantasía y el sueño…».

Fuente: abc.es – Marta Torres Santo Domingo

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