Bolívar en Arequipa

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El 12 de mayo de 1825, Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios, el hombre que había consolidado la Independencia del Perú y regía los destinos de cinco repúblicas sudamericanas, hacía su ingreso a la ciudad de Arequipa, la ‘muy noble y muy leal’, la ‘Fidelísima’, reconocida así por la Corona española. Tenía 41 años de edad y casi 15 de ellos, luchando por la independencia continental.

Como era de imaginarse, las autoridades y vecinos le prepararon un espectacular recibimiento, considerado muy superior a los ofrecidos en épocas pasadas cuando fue visitada por algunos virreyes como Francisco de Toledo, Pedro Antonio Fernández de Castro, Gabriel Avilés, José Fernando de Abascal y José de la Serna.

Una delegación de notables, señalada por el gobierno municipal y encabezada por el coronel Manuel Amat y León, salió a darle la bienvenida en el pueblo de Uchumayo, a poca distancia de la ciudad. Le llevaron de regalo “un magnífico caballo espléndidamente enjaezado: los estribos, el brocado, el pretil y los adornos de la silla y de la brida eran de oro macizo”.

Cuando finalmente, el Libertador apareció por el único puente de acceso a la ciudad (hoy Bolognesi), hubo una explosión de algarabía, “las campanas se lanzaron al vuelo, las salvas atronaban los aires y de las azoteas y ventanas, adornadas con encajes y tapices, flameaban banderas de las cuatro naciones combatientes; las damas arrojaban flores, mientras el pueblo, con emotiva sencillez, se descubría, aclamándolo como su verdadero libertador”.

Fastuosa atención

Durante el mes que residió en Arequipa (12 de mayo al 10 de junio), Bolívar se alojó en varias viviendas, una de ellas, propiedad de la familia Rivero y ubicada en la tercera cuadra de la calle Mercaderes. En su honor se organizaron fastuosas recepciones, que durante muchos años quedaron en el recuerdo de sus conservadores habitantes. A ellas asistió la élite de la sociedad local.

La primera de todas, fue el llamado ‘baile del Comercio’, realizado en la noche del 2 de junio de 1825, en la Galería Cívica (altos del portal de San Agustín)). La segunda, fue un banquete ofrecido por el general argentino, Rudecindo Alvarado, jefe de las fuerzas rioplatenses en el Perú. El lugar elegido, la llamada Quinta Tristán, en la hacienda de Porongoche, cercana a la ciudad. 

La última, fue también un banquete, organizado por el Ilustrísimo Obispo de la Diócesis José Sebastián de Goyeneche y Barreda. Al parecer, el lugar señalado fue el palacio episcopal, ubicado en la calle Palacio Viejo. Dicho banquete estuvo tan brillante y suntuoso que según cuentan, “solo se usaron servicios de oro y plata”.

Fuente: encuentro.pe –

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